Asistimos al primero de los conciertos del final de gira de Mismo sitio, distinto lugar, disco y directo que ha ensalzado, más aún si cabe, la figura de una banda que parece no alcanzar su techo a ninguno de los niveles. Ayer volvió a demostrarlo ante un Wizink Center repleto que enloqueció con los madrileños durante los 130 minutos de concierto.

Texto: Iñaki Molinos

Fotos: Emi Picazo

Ya alabó Pucho en uno de sus extrañamente escasos –para lo que es él- y necesarios discursos de la noche el mérito que tiene el público asistente en llenar tres noches consecutivas el recinto madrileño después de todo lo que hemos podido ver a Vetusta Morla durante estos dos últimos años. “Tenéis que estar hartos de nosotros” profería sonriente el vocalista de una banda que ha paseado su directo por toda España –incluyendo el inolvidable concierto con 38.000 personas en la Caja Mágica de Madrid-, Latinoamerica, Estados Unidos, y de vuelta por mil y un festivales de la geografía de nuestro país.

Sin embargo, a nadie se le escapa que el mérito es recíproco. En los tiempos que corren, es hartamente difícil embaucarse en una aventura como esta, si tu sustento es frágil o se tambalea a cada paso que das, pero no es el caso.

Tampoco se convirtió en una tarea fácil llevar al directo un disco como Mismo sitio, distinto lugar (2017), un disco que significó un cambio de paradigma para el grupo madrileño, y que se ha convertido en un reto superado con creces gracias al talento, profesionalidad y devoción –nunca me cansaré de decirlo- que le pone esta gente a cada cosa que hace.

Y es que el pasado viernes, en un ambiente que resultaba extrañamente tibio en su inicio -para lo que nos tienen acostumbrados-, y motivado principalmente por un sonido descafeinado que dificultaba sobremanera el contacto con la multitud, los tricantinos supieron sobreponerse en una nueva lección de indie-pop-rock que les ha servido en los últimos años para convertirse en el mejor grupo nacional de la última década (o del nuevo siglo).

Un setlist conocido casi de memoria por los más de 15.000 asistentes, aunque con alguna que otra sorpresa, que arrancó con el habitual carrusel de su último disco –‘Mismo sitio, distinto lugar’, ‘Deséame suerte’, ‘El discurso del rey’ y ‘Palmeras en la mancha’-, se detuvo por primera vez en La deriva (2013), con el precioso populismo –en su acepción más positiva- de ‘Golpe maestro’ y el kafkianismo de ‘La mosca en tu pared’ justo antes de sumergirnos en el combo mágico de ‘Maldita dulzura’, ‘Cuarteles de invierno’ y la inagotable ‘Copenhague’ con el que por fin parecieron fundirse con el público, olvidando definitivamente los problemas iniciales de sonido.

‘Un día en el mundo’, una de las deliciosas novedades de este cierre de gira, nos hizo volar 11 años atrás, completando un fascinante viaje a la nostalgia de la mano de ‘La vieja escuela’ y ’23 de junio’ antes de abrazar la delicadeza absoluta gracias a medios tempos exquisitos como ‘Al respirar’ y una nueva, distorsionada e interesante versión de ‘Punto sin retorno’, que se incluirá en su inminente álbum MSDL – Canciones dentro de canciones (2020).

Después de la calma siempre llega la tempestad. La habilidad, y sobre todo el repertorio que manejan los madrileños les permiten estructurar el concierto a las mil maravillas, eligiendo habitualmente para su tramo final una traca de rock, guitarras e himnos de la que es difícil escapar sin saltar a la pista de baile, votar como un “jovenzuelo” o vociferar como si te fuera la vida en ello con cortes como ‘La deriva’, ‘Mapas’ –con baño de masas de Pucho hasta la grada frontal del Wizink-, ‘Sálvese quien pueda’, ‘Valiente’, ‘Te lo digo a ti’ o ‘Fiesta mayor’.

Pero, por si fuera poco, y con las fuerzas al límite de un respetable que lo dio absolutamente todo, aún quedaba una bala por gastar, infinitamente demandada y que no había visto la luz en esta última gira: ‘Saharabbey road’ volvió por la puerta grande para felicidad y alboroto de todas y cada una de las personas que copaban el recinto –dudo que a alguien no le gustara la sorpresa-, alcanzándose el culmen absoluto de la noche.

Antes de la despedida definitiva, el mano a mano entre Galván y Pucho con la sorprendente ‘Iglús’, la maravillosa ‘Consejo de sabios’ –obra maestra de su último disco-, la versión extendida de ‘El hombre del saco’ –unida al canto ya mítico de “Déjalo girar”- y su opera magna ‘Los días raros’ para finalizar quebrado y anestesiado a partes iguales.

Suena a topicazo, pero… ¿quién no querría vivir eternamente en un concierto de Vetusta Morla? La pasión, la emoción y la complicidad del momento te nublan, pero no nos confundamos. Como bien reza la canción: “hay un himno para cada final”, y sin lugar a dudas este es un fantástico broche para cerrar esta última y exitosa etapa de Vetusta Morla, disfrutemos de lo que fue, pero sobre todo de lo que vendrá.

 

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Vetusta Morla. Un himno para cada final, 8.6 out of 10 based on 7 ratings

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Iñaki Molinos M. La honestidad no es una virtud, es una obligación. @imolinosm

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