El festival compostelano continua con paso firme, estableciéndose como uno de los eventos del año en la comunidad gallega gracias a un ecléctico cartel que hace las delicias de un público local ávido de grandes bandas y artistas y al bucólico enclave, que otorga un punto extraordinario a la vivencia de la música en directo

Texto: Iñaki Molinos M

Fotos: Mattias Monsterkid

La segunda edición del festival O Son do Camiño empezó a fraguar su éxito desde el día en que se pusieron en venta –y se agotaron- los abonos de los tres días de festival. Tras un exitoso arranque en el año 2018, la mezcla de estilos y géneros musicales, abarcando un espectro que navega desde el pop-rock más clásico a la electrónica más convencional, se convirtió en la fórmula perfecta para contentar a un público mayoritariamente autóctono de la ciudad compostelana o en su defecto de la comunidad gallega.

A pesar de todo ello, y aunque nadie ponga en duda su éxito comercial, el festival ha adolecido en su segunda aparición de algunos problemas logísticos que es importante remarcar. Independientemente a la música en directo, que es lo que nos atañe, es inevitable dar un tirón de orejas a la organización en aspectos como el transporte interno desde la ciudad al Monte do Gozo –autobuses urbanos y lanzaderas del festival saturados, flota de taxis insuficientes-, la señalización externa en los aledaños del festival o los diversos y enmarañados cambios de horario que hicieron a más de uno andar más pendiente del teléfono móvil que de la propia música.

En lo estrictamente musical, como decíamos antes, el propio cartel era un gol asegurado para los más de 30.000 asistentes diarios que se acercaron a Monte de Gozo a disfrutar de las actuaciones de sus dos escenarios. Aun existiendo destacadas diferencias entre las bandas que arrancaban cada jornada y las que actuaban en horarios más cercanos a la seductora noche gallega –en cuanto a congregación de público y exclusividad se refiere-, la cercanía de ambos escenarios permitía una dualidad interesante entre grandes mastodontes de la escena nacional e internacional y los todavía “aprendices” en esta lid.

De lo que no cabe ninguna duda es que O Son do Camiño 2019 será recordado por la actuación estelar de la diva del momento. Rosalía congregó en la noche del sábado a sus fieles y detractores –si es que existen- para ofrecer un show que se aleja de las normas y estructuras a las que cualquiera consumidor de música en directo puede estar habituado. En la misma línea que ocurre con su flamante segundo disco –El mal querer- la artista barcelonesa saca a relucir una mezcla de géneros entre los que destaca, obviamente, el flamenco más heterodoxo y las bases instrumentales más urbanas, y donde las coreografías y bailes de su protagonista y el resto de sus acompañantes te dejan helado a la par que boquiabierto.

A pesar de padecer en algunos cortes de cierto empaque entre baile y cante, la realidad es que es difícil ver una artista capaz de mantener la emoción a flor de piel –‘Pienso en tu mirá’, ‘Catalina’-, cantar agitando la bandera del feminismo más masivo y elegante –‘Bagdad’, ‘Di mi nombre’-, poner a bailar reggaetón a media Galicia –‘Con altura’, ‘Auto cuture’- y cerrar un concierto que alcanzó tintes épicos gracias al único chaparrón de todo el fin de semana con su himno por antonomasia, y no por ello menos espectacular: ‘Malamente’.

En la jornada del jueves, el protagonismo recayó en el Die Antwoord, el dúo sudáfricano de electro rap hizo reventar el auditorio principal gracias a pelotazos ya míticos como ‘Baby´s on fire’ o ‘I fink u freeky’ en la característica voz de Yolandi Visser, la mitad femenina del grupo. Gracias a un despliegue arrollador de sonido, intensidad y efectos visuales, mantuvieron al público en un estado constante de apogeo durante más de la hora que duró su espectáculo.

El otro plato fuerte de la jornada inaugural corrió a cargo de Bastille. La banda londinense ofreció un show algo irregular en cuanto a ritmo, pero con buenos momentos del mejor indie-pop que tan bien ejecuta la banda liderada por Dan Smith. Himnos de estadio como ‘Pompeii’ o Happier’ se alternaban con momentos más intimistas y algo incongruentes como ‘Those nights’, para cerrar por todo lo alto gracias a ‘Of the night’, versión del multitudinario éxito dance de los 90.

La jornada del viernes nos trajo dos actuaciones de relumbrón además de la ya citada de Rosalía. Ambas con más peso histórico que artístico, pero con notables diferencias. Los londinenses Bloc Party nos regalaron un notable concierto donde repasaban su alabado primer trabajo Silent Alarm, guitarras afiladas y densas que entremezclan a la perfección grandes joyas como ‘Helicopter’, cortes más melódicos como ‘This modern love’ o uno de los himnos indie rock de principios de siglo, ‘Banquet’. Una reinterpretación digna de destacar, menos masiva que el resto de cabezas de cartel, pero con un gusto exquisito que te hace acercarte por momentos a clásicos básicos como Radiohead o más contemporáneos como Interpol.

En el caso de la banda norteamericana The Black Eyed Peas, en su retorno a los escenarios, lo estrictamente musical –siemplemente correcto durante todo su show- dejó todo el protagonismo a lo que todo el público esperaba de ellos. Un directo que mantuvo el hype constante de todos los festivaleros allí congregados. Una sucesión constante de éxitos que hizo olvidar por momentos –solo por momentos- la ausencia notable de su ex-vocalista Fergie Duhamel: ‘Meet me halfway’, ‘Pump it’, uno de sus mush up  más reconocidos ‘The time (Dirty Bit)’ o el cierre emotivo de ‘Where is the love’ hicieron del concierto una fiesta del pop que ni siquiera empañó el abrupto cierre en el primer estribillo del archiconocido ‘I gotta feeling’.

Iggy pop fue el otro gran triunfador del festival gallego. El veterano músico americano dio una auténtica lección de rock and roll, acompañado de una deliciosa banda que sujeta en todo momento a uno de los frontman más importantes del siglo XX. Con un inicio de concierto arrollador donde no daba respiro, gracias a clásicos como ‘The passenger’, ‘Lust for life’ o ‘I wanna be your dog’ de The Stooges y su habitual performance rebelde sobre el escenario, la iguana demostró haber firmado un pacto con el diablo, como otros grandes coetáneos de su tiempo, manteniendo en todo momento un notable chorro de voz y manteniendo la intensidad del concierto una vez pasado el arreón inicial de sus hits más multitudinarios.

‘The jean genie’ de Bowie, ‘No fun’ de su germinal banda y ‘Sixteen’ cerraron un concierto sobresaliente de uno de esos clásicos imprescindibles que siempre es fascinante –y diría que necesario- ver en un festival de esta envergadura.

Antes del anochecer y como otro de los platos fuertes del día, Vetusta Morla volvió a demostrar porque es la banda más en forma del territorio nacional. Ya no es noticia que los de Tres Cantos borden un concierto redondo, aunque si lo fue que lo hicieran a plena luz del día, algo inusual en los últimos tiempos, y que sin duda dotó de un encanto especial a su actuación.

Con un directo más que trabajado y un amplio repertorio que te permite ahondar en su fantástico último trabajo –Mismo sitio, distinto lugar-, navegar por la nostalgia más desgarradora –‘Maldita dulzura’, ‘Cuarteles de invierno’, ‘Copenhage’- bailar la vertiente más rock and roll de la banda –‘Fiesta mayor’, ‘Mapas’- o saltar y corear sus grandes himnos –‘Sálvese quien pueda’, ‘Valiente’-, la banda hizo disfrutar, una vez más, a propios y extraños en un auditorio totalmente repleto mientras ‘Los días raros’ cerraban con la caída del sol un concierto extraordinario.

El broche final del festival corrió a cargo del DJ francés David Guetta. Uno de los nombres en mayúscula del cartel gallego que ofreció una de sus sesiones habituales repletas de remixes, temas propios y versiones durante cerca de hora y medio.

A pesar del gran ambiente que se respiraba en el recinto, los espectaculares efectos visuales, abundante confeti, y el constante megatron, lo cierto es que su actuación distó en cierta medida de lo esperado entre el público para un cierre de tal magnitud. La falta de intensidad en algunas ocasiones y las constantes transiciones entre temas privaron a la sesión del ritmo necesario para alcanzar los niveles de excelencia de cualquier amante del EMD, y su fin último: no parar de bailar.

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