Asistimos al concierto de Eddie Vedder, que tuvo lugar el pasado sábado, 22 de junio, en el WiZink Center de Madrid.

La mitomanía y la melomanía suelen ser conceptos equívocos, en tanto que el icono canónico de la música jerarquiza el consumo de la misma. Incluso en las generaciones venideras, es común el vestigio en el que el melómano, en realidad, solo escucha viejas leyendas. Eddie Vedder, con su longeva trayectoria, su atrayente biografía y su icónica banda convirtió el WiZink Center en un templo de culto hacia el icono.

Tan solo hizo falta el arranque de “Indifference” de Pearl Jam, en segundo lugar de la actuación, para levantar a toda la pista de su asiento y avanzar hacia los primeros puestos del palacio. Con el inicio de “Immortality”, cinco o seis canciones hacia delante, nos percatábamos de que el cardiograma dibujado a lo largo de las dos horas de concierto sufría altibajos que dependían de si la obra pertenecía a una carrera en solitario o a una banda canónica del grunje: en el segundo caso, es admirable la intimista adaptación realizada por el cuarteto de cuerda Red Limo, integrado por Sietse Van Gorkom, Camila Van Der Kooj, Rani Kuma y Jonas Papa, el que de vez en cuando tañía el cello como si de una guitarra se tratara. En media docena de temas, también, entre los que se encontraba su hit en solitario “Society”, Vedder fue acompañado por su telonero, Glen Hansard, tanto a la guitarra como al bajo, en un juego de segundas voces que empastaban tímbricamente como si fueran parientes.

Aunque acompañado por banda, aproximadamente a la mitad del concierto (el cual duró más de dos horas) se enfrentó en solitario, con una guitarra, un cajón con un pedal a modo de percusión y, en un único tema, un piano que ayudaba a corear “Share the light, don’t hold us down”. También el ukelele le acompañó para interpretar algunas de Ukelele songs (Universal, 2011) y una versión de “Should I Stay or Should I Go”. Una última cover, “Rockin’ In The Free World”, mostraba el agradecimiento y la admiración que Vedder sentía la pasada noche del sábado. De hecho, su discurso extramusical se centraba en expresar lo complacido que se sentía a un nivel más personal que masivo, sin perder con ello el sentido del humor.

Residió en Vedder, en su discurso agradecido, en sus múltiples versiones de los artistas que admira, y en su puesta en escena sencilla, la transición de la mitomanía a la melomanía. Salvando las dimensiones, la seguridad y el precio de la entrada, el espectáculo casi pareciera sacado de una sesión de micros abiertos en Chueca. ¡Cómo va a ser eso! ¡Si es el gran Eddie Vedder! ¡Un icono! ¡Una leyenda!

Si Vedder ha llegado a ser quien es será, en primer lugar, por la música. Y así, lo importante de un concierto siempre residirá en la música. Gracias por interpretarla con tanta sencillez cuando todo el mundo clama por la exaltación.

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