La joven banda británica sacó a relucir su cuidado repertorio en la madrileña sala La Riviera, dentro del ciclo de conciertos de Tomavistas Ciudad. Con una personalidad arrolladora, la formación liderada por James Bagshaw desplegó sin miramientos su visión del rock and roll y la psicodelia

Texto: Iñaki Molinos

Fotos: Javi García Nieto

Siempre ha estado claro que para renovar una escena se necesita juventud e inocencia. Tomar riesgos, enfrentarse, equivocarse o acertar, sin miedo a las consecuencias, es lo que hace avanzar a la música, y aunque dicen que todo está inventado siempre hay donde y como regenerar.

Y eso es lo que ha hecho Temples desde su creación en 2012 y su primer trabajo Sun structures en 2014, experimentar con lo que más les gustaba y mejor sabían hacer: el rock y la psicodelia. Entremezclando los estilos sonoros de la paleta del rock en los años 60 y 70, impregnados principalmente de psicodelia, pero cuarenta años después, con todo lo que ello conlleva. En un ejercicio de estilo anacrónico, Temples ha logrado transportarse a las décadas prodigiosas del rock pero con el frescor y la seguridad de estar en 2019, mérito y desvergüenza a partes iguales.

En ochenta minutos concretos y concisos, la banda de Kettering desplegó un seguro setlist que arrancó sin concesiones de la mano de temas como “Sun structures”, donde ya dejaron entrever que venían a ganar, con la habitual y magnánima línea de bajo a cargo de Thomas Walmsley. Y es que una gran banda se diferencia de una buena banda en detalles como este, que diría aquel.

La hímnica e hipnótica “Certainty” sorprendió tan prematuramente, dejándonos llevar hacia un viaje donde los sintetizadores serían –como siempre- los grandes protagonistas de la noche.

Reminiscencias Beatles en cortes como “The Golden thrones”, melodías bailables y punteos de guitarra al más puro estilo Stones –“Colours to life”-, o estribillos arrebatadores –“On the Saviour”-nos seguían conduciendo por cada una de las tonalidades del primer rock and roll experimental.

“Keep on the dark” nos conducía a L.A. para saludar a The Doors, y el rock sucio y luminoso de “Open Air” contagiaba al público madrileño, que respondió con entusiasmo durante todo el bolo a los estímulos lanzados desde el escenario.  Comunión perfecta durante toda la actuación.

Aun manteniendo un nivel notable durante toda la noche, sin grandes excesos, pero con la elegancia necesaria, su acercamiento a parajes colindantes con el pop hicieron descender la intensidad en temas como “Strange or be forgotten” o “Mermerise”, con los que cerraron el repertorio en primera instancia de la noche.

La vuelta apoteósica con el palmeo de “A question isn´t answered” devolvió todo a su lugar, con la aduladora voz de Bagshaw, coros, falsetes, guitarras pesadas y el agitado lento de las cabezas del personal. Su superéxito bailable “Shelter song”, cual huateque british rodeado de flores y LSD puso el broche definitivo al show.

La nueva (y vieja) psicodelia según Temples cerró el ciclo de conciertos de Tomavistas Ciudad de este 2019, una combinación pertinente y exquisita, a la espera de lo que nos deparará el festival madrileño el próximo mes de mayo.

 

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