La banda cántabra presentó en la Sala El Sol su tercer largo, Los Estanques (The John Colby Sect, 2019) ante un fiel y respetable público que colmó la mítica sala madrileña. Con un directo contundente y dinámico, nos deleitó con su habitual onda progresiva salpicada de fantásticas pinceladas jazz o soul

Texto: Iñaki Molinos M

Cuando menos te lo esperas siempre hay algo que te hace respirar aire fresco en el circuito alternativo nacional. Y es que Los Estanques, afincados en Madrid, pero propios de Santander llevan facturando un interesante material revival setentero de un gusto exquisito, y ayer demostraron estar recorriendo el camino correcto con un directo arrollador y efectivo que dejó noqueados a todos los presentes.

Las influencias del pop progresivo setentero son evidentes en temas como “¡Joder!”, con el que abrieron un repertorio muy bien seleccionado que no dejó espacio al letargo en ninguna fase del show.

Temas como “Amor-Odio”, donde se acercaban a un rock más sucio o “Viento en pompa”, con reminiscencias beatleianas gracias a los órganos perfectamente ejecutados durante toda la noche por Íñigo Bregel, líder espiritual de la banda, abrieron un concierto que prosiguió con cortes como “Percal” o “Sentado al son”, con la colaboración –y gran interpretación- de Germán Salto. Exquisito sabor a americana que tan bien ejecuta el músico madrileño.

Les sucedieron cortes como “Deceso Inmortal”, con aires organísticos cercanos a la Creedance o la circense y fantástica “Efemerides”, de su anterior disco.  Y es que a parte de la onda sonora que invade cada uno de los temas de Los Estanques, la aguda pero ambivalente voz de su frontman añade un mayor grado de distinción, que es de agradecer en los tiempos que corren.

Pero no sólo de pop se nutre la banda cántabra, y lo demostraron en la noche de ayer gracias a sonidos próximos al hard rock –“Ahora el tiempo te sobra-, la psicodelia, o el funky, encontrando en “Clamando al error”, su pegadizo y fantástico single, la visagra perfecta para encarar el tramo final del concierto. Gracias a la incorporación de la sección de vientos sobre el escenario, pudimos degustar una colección de deliciosos medios tempos con aroma a jazz que funcionaron a la perfección, sirviendo para acreditar una nueva faceta de la banda. Puro elixir.

Tras cerrar el bolo de manera oficiosa con la intimista y delicada “La loa que añoré”, dieron rienda suelta a su interpretación con “Vietnam” y “Veo negro” en los bises, ofreciendo una suerte jam session final plagada de distorsión, pianos afilados, bases hipnóticas que fueron in crescendo en intensidad hasta explotar en un cierre de concierto apoteósico que escenificó a la perfección lo acontecido durante toda la noche.

Un maravilloso viaje por la senda de sonidos clásicos setenteros, cuyos afluentes se dan cita en una banda que no ha hecho más que emprender su camino. Clase y personalidad son sus mejores armas.

 

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