Asistimos al inicio de gira de “Astronauta” (GOZZ Records, 2018), cuarto disco de Zahara, el pasado jueves 17 de enero en La Riviera de Madrid.

Texto: Marta España

Fotos: Emilia Picazo

El universo conceptual que Zahara lleva creando con mayor intensidad durante los últimos cuatro años (sus dos discos más recientes), dota a sus canciones, por contrario que parezca, de una semiótica tan variada como el número de espectadores presentes. No es una concepción que sirva exclusivamente como hilo conductor, sino que todos los componentes extramusicales se empapan de significaciones metafóricas que crearon, el pasado 17 de enero, un gran cúmulo empático: todos hemos conocido a un par de bestias, o a alguien que encarne el big bang y, aunque estas personificaciones sean distintas en cada caso, la emoción es similar en cada uno de los asistentes.

La última vez que acudí a un concierto exclusivo de Zahara fue en verano de 2011, en una sala tan pequeña como emblemática para todos los amantes de la canción de autor como es el Búho Real. Comparar ambos espacios sería disparatado por sus formatos desiguales; sin embargo, tocar en La Riviera nos permite colgar una insignia a todo artista que lo ha logrado. Así, ocho años más tarde, la ubetense conquista la cima de forma reiterada, al actuar dos noches consecutivas en la sala (el jueves 17 y el viernes 18).

Siendo la música una carrera de fondo, la recepción de su obra nueva parece difícil de explicar sin partir de la idea hegeliana de progreso. Así, desde la publicación de “Astronauta” (GOZZ Records, 2018) el pasado noviembre, las críticas se centran en el crecimiento artístico de la cantante, su madurez o su consagración como cantautora (si acaso podemos seguir denominándola como tal). El pasado jueves en la Riviera, cualquier persona con la cabeza metida hasta el fondo de la melomanía pudo tener unos pensamientos semejantes a los míos: “qué afinación tan perfecta incluso en los momentos más frágiles”, durante El fango, “qué armonías tan trabajadas” mientras interpretaba El frío, “qué banda tan completa”, “qué curiosos los arreglos de Perarnau”, “qué lujo contar con Cabezalí como guitarrista”, “mira, se ha cambiado de ropa, es nuestra Beyoncé a pequeña escala”, y un larguísimo etcétera. Muchísima fiesta al culminar con Hoy la bestia cena en casa y algunos de los monólogos característicos de la artista antes (y durante) canciones como Adjunto foto del café verbena me aportaban el material perfecto para escribir una crónica al uso. Pese a ello, un concierto tan espléndido como el de ayer no se merecía una narración tan automatizada.

El problema de tener la cabeza metida hasta el fondo de la melomanía es que puede que el agujero sea tan pequeño que no te permita echar la vista atrás y, mirando hacia delante, cualquier pensamiento es matemático o, en su defecto, analítico. Anoche, Zahara nos confesó que había recuperado Con las ganas para su repertorio (después de tantos años) y comenzó a interpretarla frente a un silencio sepulcral (casi pareciera que el espacio era exclusivo para ella, como recién salida del ensayo de Virginia Woolf). En aquel momento, poco importaron los tecnicismos, las armonías, los recursos escenográficos o la madurez creativa: todo espectador se encontraba inmerso en sí mismo como el adolescente que escucha música de forma activa por vez primera. En ese momento, el Búho Real era igual de grande que La Riviera, “La fabulosa historia” (Universal, 2009) un disco igual de complejo, y la idea hegeliana del progreso dejaba de tener sentido durante un breve periodo de tiempo.

Lo que para Zahara fue un comienzo de gira, para muchos significó una regresión al pasado. La última frase pronunciada por la cantante antes de desaparecer tras el escenario fue “muchísimas gracias, soy mucho más feliz ahora de lo que era antes” y, en mi opinión, fue la declaración más importante de todo el espectáculo. Todo lo demás es cierto: las armonías extrañas, el refinamiento vocal, la escenografía sobresaliente y los arreglos de la banda, pero la técnica no hace virtuoso al intérprete. Anoche, Zahara nos mostró la importancia de mirar al pasado de vez en cuando si no queremos convertirnos, nosotros mismos, en la bestia.

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Redacción Madrid

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