El estadounidense dio un ejemplo de experiencia y saber estar en el Purple Weekend

El Purple Weekend, la cita otoñal con la escena mod en León, celebró este año su 30º aniversario. No lo hizo exento de polémica: la salida abrupta de El Gran Café en el marco de los escenarios de los conciertos, el cambio de denominación (desapareció León y este año ha pasado a llamarse con la marca patrocinadora de apellido, Estrella Galicia), la disparidad de escenarios pero sobre todo de horarios (el viernes hubo que esperar media hora en la calle a que abrieran las puertas del pabellón CHF sobre la hora programada y hasta en Facebook pusieron un recuento de horarios y escenarios “exactos” que eran diferentes a los del folleto), la falta de la página web donde era habitual comprar entradas (desde la organización alegan que fue por un desacuerdo económico)… Para los novatos fue un tanto laborioso; para los fieles, las ganas siempre pueden más que cualquier impedimento.

Con todo, León hervía por todas partes y el ambiente mod fue predominante. Pese a que no fue una cita multitudinaria (de hecho se celebró en el modesto teatro Albéitar fuera de abono: el día invitaba más a sucumbir a los encantos de Los Modernos en Espacio Vías pero nosotros fuimos fieles a nuestros instintos), la cita con Paul Collins antes de juntarse a la noche con Kurt Baker Combo fue una de esas para recordar. Como siempre sucede ante estos eventos, el recelo hacia las viejas glorias planea en el ambiente: ¿Estará a la altura del ídolo juvenil? ¿Su música parecerá trasnochada? El rock es una droga maravillosa pero también es una dura prueba para la edad.

Paul Collins, sin embargo, nada tiene que temer. Su particular voz, sus letras sencillas pero deliciosas, su conversación ágil a medias entre el español y en inglés (no en vano España ha sido su casa) y sus canciones que se han demostrado imperecederas no son pocas bazas.

Solo y con su guitarra. Salió sin aspavientos y bastaron un par de canciones para llevarse a todos por delante. De aperitivo a muchas de ellas, anécdotas sobre la época en la que las escribió o vivencias personales que, lejos de alimentar la nostalgia, nos demostraron que Collins es un gran comunicador y que vive de forma positiva pese a que los inicios quizá no fueran tan dulces.

Canciones escritas en un “sucio y maloliente sótano” en su etapa de The Nerves que aún le despierta una sonrisa, con el cariño de quien recuerda algo que llamar suyo por primera vez en la vida; su etapa de aparcacoches que le permitió colar una cinta de cassette al mismísimo Ringo Starr (¿la llegaría a escuchar?), los encontronazos para encontrar un hit para la discográfica de turno y que se solventó a base de drogas para dos semanas y un encierro “creativo”… Y por supuesto, recuerdos de San Francisco y de Los Angeles pero también de Europa. Collins puede presumir de haber vivido mucho y bien.

El neoyorkino no sólo se prodigó con temas clásicos como ‘Don’t wait up for me’ o ‘You won’t be happy’ de su etapa de The Beat sino que también aprovechó la velada para presentar algunas canciones más recientes, como ‘Lost again’ perteneciente a su álbum ‘Out of my head’ (2018), que demuestra el buen estado del compositor. Una de esas canciones que, explicó, están ahí rondándote en la cabeza y hacen ruido hasta que encajan “como un puzzle”.

Contento de estar en el mundo y rodeado de amigos también en España (como miembros de La Granja o Los Protones), Paul Collins dice sentirse afortunado de hacer música desde los 70. De eso nada. Los afortunados somos nosotros.

 

 

Sobre El Autor

Redacción Asturias

Periodista y melómana. Crecí con la música y no he parado nunca de aprender de nuevos sonidos y sensaciones. Amante también de las palabras, todo junto hace la canción perfecta.

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