Asistimos al primero de los tres asaltos que La Maravillosa Orquesta del Alcohol ofrece en la madrileña sala La Riviera en menos de una semana, con todo el papel vendido desde hace más de un mes

Crónica: Iñaki Molinos M (@elBUniversal)

Fotos: Javier García Nieto (@jgarciani)

El petardazo se olía a la legua. Sólo era cuestión de tiempo, de paciencia, y de mantener la constancia del saber hacer. Así llegaba La M.O.D.A. a uno de esos momentos que marca un hito en la carrera de un grupo: actuar en la sala más importante de Madrid (a nivel de aforo).

Ya teníamos el continente, ahora nos faltaba comprobar cómo funcionaba el contenido. Un mensaje plenamente testado por muchos en giras anteriores, pero al que había que sumarle su nuevo trabajo, Salvavida (de las balas perdidas) (2017), y la recepción del mismo por parte del público.

Con tres sold out en seis días, todo lo que comentaba anteriormente parece más que obvio, pero digno de alabar y de comprobar in situ. Como un septeto de música que se acerca en muchas ocasiones al sonido del folclore más tradicional, con instrumentos como el clarinete, el banjo o el acordeón, arrastran una masa social tan entregada desde el minuto uno. Digno de estudio, al igual que esperanzador.

Hasta aquí la teoría. Como suele ser habitual, la práctica fue mucho más divertida.

Se abría el telón con la grabación del Won´t back down de Tom Petty en la voz de Johnny Cash, como sensible anticipo de lo que se nos venía encima.

Arrancaba el show con un ramillete de tres nuevas canciones que aportan el potencial suficiente para el fervor que su ejército de seguidores demandaban: ‘Mil demonios’, ‘La inmensidad’ o ‘Una canción triste para no decir te quiero’ nos servían para corroborar la mágica conexión que este grupo tiene con su audiencia.

Y sin tiempo que perder, sin respiro que tomar, para los pocos que aún no han tenido la oportunidad de familiarizarse con su nuevo álbum (no concibo la posibilidad de que no gusten estas nuevas canciones, y menos en directo) comenzaban a dispararse las primeras balas, que en escasos cuatro años se han convertido en verdaderos himnos.

‘Amoxicilina’, ‘Suelo gris’o ‘Amanecederos’ son algunos de los que sonaron, en un concierto que a estas alturas ya había alcanzado un ritmo e intensidad avasalladora. Un torrencial sonoro en el que es imposible no sumergirte.

Intercalando en la parte media del concierto nuevos temas como ‘Los locos son ellos’ u ‘O naufragar’ con maravillas que te arañan las entrañas como ‘Miles Davis’ y su noria, ‘1932’ o ‘PRMVR’.

Nadie duda a estas alturas, que un peso fundamental del éxito de los burgaleses reside en sus textos, y afinando aún más el tiro, en muchos casos concretos, en su capacidad para crear estribillos identitarios, emocionantes y coreables hasta la extenuación (acierto y posibilidad de disfrute, desde mi humilde punto de vista).

El entusiasmo y entrega encima del escenario se palpa y se transmite de manera casi orgánica, la elección de un repertorio que no va de menos a más, si no que se mantiene en su máximo esplendor durante la casi totalidad del bolo, o la sensibilidad que puede transmitir un solo de saxo u acordeón en su vertiente más pop son otros de los factores que extrapolan a este grupo al estatus en el que sitúan actualmente.

Llegábamos así a la recta final de concierto sin casi advertirlo. El sentimiento de juventud e inocencia de ‘Vasos vacíos’, el cosquilleo inevitable que te hace bailar sin descanso ‘Los hijos de Johnny Cash’, el in crescendo maravilloso de ‘Los lobos’, para despedirse con un nuevo triplete de su reciente lanzamiento: ‘La vieja banda’, con el sello inconfundible de su sonido propio, ‘Campo amarillo’ con David Ruíz a solas con su guitarra, y por último, la desgarradora y escalofriante ‘Himno nacional’. Suspiro y respiro.

Otro de los aspectos elementales y diferenciadores de la banda, no  es solo el contenido de lírico que atesora, si no el instrumento con el cual se ejecuta. Sin la voz quebrada y rasgada de su vocalista estoy convencido que La M.O.D.A. no engancharía como engancha, factor capital e incuestionable dentro su música.

El bis correspondiente se mantuvo al mismo nivel que el resto del bolo, intenso a la par que fluido, con un último trio de lujo: ‘Nómadas’, ‘Gasoline’ y ‘Héroes del sábado’.

Final en épico y ovación cerrada para un arrollador espectáculo en directo, sin grandes alardes ni excesos pero con una nota de color diferente y muy gratificante para el respetable, a la vista está.

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La inmensidad arrolladora de La M.O.D.A., 10.0 out of 10 based on 1 rating

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