“Hay gente que te cuenta su vida y te hace tener los pies en el suelo. Por ese compromiso se sigue en el camino”

Texto: Carlos H. Vázquez
Fotos: El Langui

Con El Langui (Madrid, 1979) se aprende hasta cuando se acaba una entrevista. A Juan Manuel, de apellido Montilla, se le ve buen padre y amigo de los suyos. Cuida de la manada. Por eso es la cara visible de la campaña (y no es la única) contra el acoso escolar llamada Se buscan valientes.

No es fácil volver a casa después de haber pasado una mañana en clase dividida en episodios desagradables (el único momento agradable había llegado con la campana de salida, pero a WhatsApp lleva un mensaje desde un número desconocido: “Eres un mierdas. Mañana vigila tu mochila”). Es una tortura. La de Matemáticas pasa revista a los deberes y puede crujir a un alumno por un 2 mal colocado. Después, en el recreo, alguien se acerca para amargar el rato de patio. No falla. Así, casi cada día. Los profesores, mientras tanto, miran para el otro lado. “Son cosas de críos”, dicen algunos. Como Pilatos, se lavan las manos. Los padres, por su parte, tampoco hacen demasiado. Bastante tienen con aguantar al chaval en casa. “Para eso ya está el instituto”, se excusan. Y entre todos, la casa sin barrer. Se puede hacer algo más. El Langui lo hace, se pone del lado de los que le necesitan, pero sobre todo de los que parecen pedir ayuda (no siempre es voz en grito, hay quien no puede pedirla). Desde La Excepción hasta Hola (Rosevil, 2015), muchas rimas enseñaron más que la tabla de multiplicar.

Con el tema del acoso escolar, ¿duele más el rechazo de una profesora que el de una madre?

Evidentemente, duele más el rechazo de una madre que el de una profesora, pero los dos hacen daño y dejan secuela. Lo que hay que hacer es estar más pendientes y dar la cara por nuestros hijos, alumnos y pequeños, que son el futuro.

Entiendo que esto no es cosa de los profesores, sino también de los padres.

Todos somos importantes y todos debemos formar parte de esta situación. Los padres, desde casa y en el día a día, estando más pendientes de los hijos (yo el primero) y viendo sus necesidades. Si le dedicas tiempo físico a tus hijos, te das cuenta si está bien, si está mal o si ocurre algo. Y con el profesorado igual. ¡Pero cuidado!, que tampoco me quiero meter en líos. Sé que todos vamos un poco acelerados, que hay muchos alumnos, unas responsabilidades… Y muchas veces, queriendo parar o arreglar una situación, miramos para otro lado por miedo a no saber por dónde va a salir la cosa. Pasa en el cole y se lo peinen los padres luego. Por eso es una responsabilidad de todos.

Teniendo en cuenta la canción Padre e hijo, Hugo dice en el tema que le gusta jugar “a las peleas” en el recreo.

¡Es verdad! No caí en eso. A mis hijos les gustan mucho las películas de acción. Hugo ya no, que era el que lo decía (la canción se grabó cuando tenía tres y seis años), pero a Juanmita le gusta Spiderman, las películas de acción, los juegos… Se refería a jugar “a las peleas” en ese sentido.

¿Cómo ves tú esto del acoso escolar con tus hijos?

Bueno, ya no es miedo a que se metan con ellos, sino miedo a que se metan con otros, que puedan ser unos acosadores y que sean víctimas a la vez. Y también miedo a que sean testigos y miren hacia otro lado y no se posicionen, escondiendo sus sentimientos y no armándose para ser valientes.

¿Qué te encontraste tú cuando ibas al colegio?

Yo me encontré muchos valientes cuando era pequeñito, pero también me encontré situaciones como intentos de acoso y derribo, de injusticia… Pero claro, había un grupo de amigos que, cuando veían algún síntoma, rápidamente se ponían delante de mí y le decían al acosador: “A que se lo decimos a la profesora”. Y no tenían miedo a que les llamaran chivatos.

Tu amigo, que también se llama Hugo, era el que te llevaba la mochila, ¿no?

Sí, Hugo era mi mejor amigo y el que más veces cargaba la mochila.

¿Y fue en tercero cuando os castigaron?

A él no, porque era de los aplicados (risas). Nos castigaron a mí, al Félix y al Isra por algunas trastadas. Pero no era por nada de violencia o por abuso, sino por no dar notificaciones o exámenes a los padres. ¿Qué castigo podían ponernos por rebeldes? Pues dejarnos sin recreo durante un tiempecito. Y ahí nos quedábamos, sin recreo, sin poder jugar al fútbol (que era lo que más nos gustaba) y haciendo tareas.

¿El entorno influye más que los padres y los profesores?

Sí, está claro. Tener un entorno favorable o un entorno positivo siempre influye en tu persona y en lo que, en cierto modo, luego te vas a convertir. Pero también está claro que las personas se saltan esos parámetros y clichés. A lo mejor tienes un entorno que no es favorable o que no te aporta nada positivamente, pero un día, de repente, das un giro, cambias el chip y sales diferente a tu entorno. Hay un montón de casos. No tenemos que caer en esos clichés de los perfiles de la familia. A lo mejor hay una familia con un perfil alto a la que no le falta el dinero, todo le va genial, tienen al niño entre algodones, con una educación perfecta… El niño puede tener de todo, pero a lo mejor le falta afecto o la dedicación de sus padres, entonces explota por algún lado y lo hace en la escuela, con rebeldía y abusando o acosando a otros chavales.

De todos modos, ¿una persona que ha sufrido acoso en su juventud puede terminar rechazando su entorno y, por tanto, renegando de dónde viene?

No hay que olvidar de dónde venimos, porque eso ayuda a saber lo que queremos y a saber, ante todo, lo que no queremos. No tenemos que olvidar de dónde venimos para saber qué hemos conseguido, qué es lo que somos, qué nos daban… Todo para no olvidar el esfuerzo que hemos hecho para lograrlo. Y también, cuando nos desviamos, nos preguntamos de dónde venimos y tratamos de ser conscientes de dónde estamos. Es volver a las raíces y a los valores con los que hemos crecido y que ahora, por circunstancias de la vida, hemos olvidado. Siempre es bueno echar la vista atrás y ver tu procedencia.

¿Como en Hola, cuando dices eso de “que ellos decidan, de mayores, en quién creer y qué ser”?

Sí. Muchas veces estamos poniéndole (a los niños) una presión por lo que nos gustaría a los adultos. Pero ya no solo es asunto de los padres, sino de la tele y de los demás. ¡Hostias!, metemos por los ojos a los niños quiénes tienen que ser, cómo tienen que ser y lo que tienen que ser. Abre un abanico y dile: “Mira todo lo que hay”. Pero déjale elegir.

Tienes una frase: “Se van a cagar”…

(Risas) La utilizaba cuando salía a buscarme la vida con La Excepción. Me caía y venían todos a recogerme en el metro, en el autobús… “Pobrecito”, “¡Qué lástima!”, decían. La compasión, ¿no? Pero yo ponía cara de buenos amigos y contestaba: “No se preocupe”. Estaba engorilado creyendo que iba a conseguir mi sueño y pensaba “se van a cagar mañana”. No me lo podía quitar de la cabeza. Pero bueno, era paciencia, levantarse, sacudirse, limpiarse y seguir el camino.

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¿Llevar con orgullo el sufrimiento?

El sufrimiento no mola, pero hay que intentar sacar una lectura positiva del sufrimiento. Es lo que, creo, se debe de hacer. Bueno, es lo que yo hago.

Fundaste la asociación socio-cultural A Mí, No Me Digas Que No Se Puede. Ahí pudiste trabajar con niños de entre 4 y 20 años.

La pusimos en funcionamiento en 2010 y estuvimos trabajando unos años con esos chavales haciendo talleres. Lo poco que yo sabía de la radio y de la música lo ponía a disposición de los chavales con ganas de hacer algo que fuera más allá de estar en el parque o acabar el cole y ponerse a jugar con la consola en casa. Es un trabajo bonito, muy satisfactorio y, a la vez, muy duro, porque trabajar con jóvenes es difícil, costoso y trabajoso. Pero fue muy bien y tuvimos unos resultados increíbles. Y lo más importante es que ellos se sentían útiles, realizados y motivados.

¿Te sentías identificado con alguno de ellos?

Sí. Pero no con uno, sino con todos. Venían de Pan Bendito, Carabanchel Bajo o Villaverde. Todos eran chavales como yo, crecidos en un entorno donde la alegría y el buen humor nunca faltaron a pesar de haber tenido las cosas difíciles. Me sentía reflejado en ellos porque veía talento. Es verdad que había chavales de 13 años a los que les costaba poner su nombre con boli, pero tenían interés. También había niños que sacaban buenas notas pero venían por los talleres. Se generaba en ellos unas inquietudes que había que llevar a cabo, fuera en el papel o con el micrófono.

¿Tuviste alguna ayuda cuando contabas con los mismos años?

Claro. En mi barrio siempre había estado la iglesia, pero entró en las calles de una manera diferente. Ahora ya no, pero antes… Te hablo de cuando yo tenía 12, 13, 14, 15, 16 años. En Pan Bendito había un párroco que se llamaba Julio Yagüe (ya no está) que se metió en lo más profundo y levantó unos talleres a los que podíamos ir todos: gitanos, payos… Nos ponía a trabajar y nos conquistaba con un montón de actividades. Podíamos hacer serigrafía, diseño gráfico, música, deporte… Dentro de todo eso, nunca nos dijo que fuéramos a misa. Además, los que estábamos con él no solíamos ir a misa realmente (risas). Peleaba mucho y se metía de lleno. Yo le he visto en broncas, en peleas con familias y viéndoselas con toxicómanos. No llamaba a la policía ni cerraba la puerta, se ponía y los sacaba de la mierda.

¿Cómo está la situación ahora?

Ahora, en Pan Bendito, no hay un trabajo de calle. Tampoco veo educadores con los chavales. Aunque ya no viva allí, estoy frecuentemente por la zona y en contacto, pero no veo lo que había antiguamente. Hay gente que apuesta por el barrio, pero lo tienen muy difícil. Imagino que es complicado para los políticos cuando hay un presupuesto que se debe destinar para todos. En esos casos, los barrios más desfavorecidos se quedan como están.

¿Piensas que hay algún interés?

La política tiene muchos intereses. Si tienes cinco y hay que hacer repartición, siempre habrá interés. Cuando te metes en política siempre hay un interés, ya sea por querer ayudar o por querer sacar un beneficio. Hay un sueldo de por medio, unas conveniencias, un puesto, unos favoritismos…

¿Qué fue lo que hizo el hip-hop por ti? Si mal no recuerdo, tu primer grupo se llamaba Amenaza Criminal, un nombre un tanto violento para alguien que no quería ese entorno.

No, para nada. Yo digo que el hip-hop me ayuda a sentirme útil y a sentirme realizado. Llegó un momento en el que los estudios no me motivaban y el sistema educativo que había por entonces tampoco es que motivara mucho a los jóvenes (supongo que será como el de ahora). En mi casa tampoco lo conseguían, y eso que mis padres buscaban alicientes. Tenían un hijo con parálisis y no podían ponerlo de pintor o de carpintero. Pero de repente descubro la música rap y que puedo hacer cosas. El hip-hop me ayudó a sentirme útil, a despertar, a ver vida más allá de mi cuarto y del parque. Era coger un boli y un papel y empezar a escribir palabras, adjetivos, verbos… Por aquel entonces, el primer grupo era Amenaza Criminal y había un grupo de colegas en el que estaba el Gitano Antón (Antonio Moreno), el Félix… Los de la peñita Al Compás.

Entonces, ¿de dónde viene el nombre de Amenaza Criminal?

Porque había una presencia increíble de jóvenes de ideología fascista. Íbamos a las discotecas light y nos sentíamos como unos delincuentes por llevar una camiseta de los Chicago Bulls y una gorra para atrás. Y eso era una realidad, macho. Veías a los chavales de 18 y 19 años con las esvásticas, la simbología nazi, sus bombers… y les daba igual. Por ahí íbamos los raperos, “los sucios”, y nos daban palizones. Muchas veces, mis amigos me echaban al hombro y salían corriendo con miedo para meternos debajo de los coches. Lo que se respiraba en las calles era eso. Te hablo de los 14, 15 o 16 años. Salías un poco de tu barrio y te encontrabas con grupos de fachas con sus bombers. Había una amenaza criminal en las calles. Por eso llamamos así al grupo. Nos expresábamos con letras de peso social y todo aquello.

¿Ha sido y es difícil ser adolescente?

Claro. Siempre es complicado y siempre es difícil. Te estás formando tu persona, entonces todo te va a influir; cualquier detalle, la familia, tu entorno, tus amigos, las chicas que te gustan, tus imperfecciones… Todo te va a influir, y eso es muy complicado. Yo, que soy padre, lo pienso. Para mí ha sido complicadísimo, pero he tenido un círculo de amigos potente (ellos, junto con mi familia, son los artífices de que yo, hoy en día, sea quien soy). Remábamos todos a una.

¿Y es difícil ser El Langui?

¡Qué pregunta! (Risas) Depende. En los días de lluvia, si eres El Langui, ya sabes que hay aquaplaning. Tienes que mirar qué tipo de suela llevan las playeras para que no te des una hostia, porque un día no lo vos a contar… A partir de ahí, ser El Langui se hace difícil y cansado cuando hay que salir a cualquier sitio y toca tener que ir a la carrera. Aunque no quieres, tienes que estar para todos y la visión que da El Langui es que es “uno de los nuestros”. A veces se hace complicado el día a día, pero otras te dan muchas fuerzas. Hay gente que te cuenta su vida y te hace tener los pies en el suelo. Por ese compromiso se sigue en el camino.

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