Asistimos a la presentación de “Meridiana”, álbum en solitario de Enric Montefusco, en el Teatro Lara de Madrid, el pasado 16 de febrero.

La Avenida Meridiana es el principal eje que articula un barrio a las afueras de Barcelona, la cual proporcionó a Enric Montefusco un título para su álbum en solitario. El compositor presentó tal disco el pasado jueves, 16 de febrero, en el Teatro Lara de Madrid. Pese a la concepción lineal que supone la denominación del mismo, asistimos a un concierto sorprendente en cuanto a forma y contenido: puede decirse que la actuación del catalán fue una pequeña sinfonía, una sucesión de movimientos inmersos en una gran obra dotada de unidad.

Es común que, en una sinfonía, el tema utilizado en el primer movimiento se reexponga en el tercero o en el cuarto, con la finalidad principal de establecer un hilo conductor a lo largo de toda la obra. Así, ya posea variaciones o no, el público puede identificar fácilmente algo que, cercano al final, ya hemos escuchado anteriormente.

Ejemplo de esto lo podemos encontrar en la apertura de la noche (y su consiguiente cierre, anterior a los bises) con su “Adiós”, invocaciones de letra repetida y fácilmente memorizable, de forma que el concierto se concibió, como el agua o la naturaleza, de manera circular.

Es extraño comenzar a escribir una crónica desde el final de la actuación, mas la rareza resultará menor si admitimos que el catalán comenzó su concierto con una despedida. La reiteración en torno a un mismo motivo implica que, quizás, lo más importante de la noche no fuera la presentación del álbum, sino el significado intrínseco del mismo: la temática que lo rodea. Así como cualquier ciclo, la sesión se rigió por la materia principal del pasado en relación con el presente, la evolución del yo interior, y la aceptación del mismo. Es la reinvención del clásico “el amor, la muerte y el paso del tiempo” que los poetas españoles ensalzaban. Así lo confirmaba el propio Enric, cuando nos hablaba de la relación sentimental como vía de escape, cuando la muerte mostraba su presencia en el escenario a cargo de una luz sepulcral, o bien cuando nos instaba a aceptar el pasado de forma indolora, al introducir canciones como “Uno de nosotros” o las elegidas de Standstill, las cuales acontecían con un carácter casi ritual.

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Enric Montefusco en Teatro Lara

Con respecto a dicha banda, muchas veces se ha escrito que Standstill era, en primera instancia, Enric Montefusco, no de forma metonímica, sí en un sentido más realista. Dicha afirmación, independientemente de que yo la comparta o no, es parádojica, debido a que Enric Montefusco, como figura musical, debe virtudes y reconocimientos esenciales para la banda que le acompaña en esta nueva etapa: Ramón Rabinat, Pere Jou y Jaime del Blanco. Y es que existen pocas agrupaciones que manejen mejor los matices. Las cuerdas enlazaban perfectamente con la atmósfera de “Meridiana, como se pudo observar en la interpretación de la canción homónima (una octava por debajo, los agudos se suavizaron con relación a la versión de estudio, lo cual fue un acierto). Los vientos, por el contrario, reflejaban el pasado, pues acompañaban a las composiciones de Standstill: el empleo del sousafón como bajo fundamental durante la interpretación fue toda una fortuna. Por regla general, la coordinación entre toda la banda con el propio Enric, la versatilidad de la misma y su amplio paso por toda la gama de matices que pueden aparecer a lo largo de una composición lograron que, durante la noche del jueves, el Teatro Lara se asemejase al Auditorio Nacional.

Hablo de esto cuando menciono el carácter ceremonial que implica la vuelta al pasado. Los temas interpretados de la banda anterior del barcelonés (“¿Por qué me llamas a estas horas?” y “Adelante, Bonaparte (I)”, dedicados a Ricky Falkner y Ricky Lavado, entre el público) fueron ensamblados con constantes referencias del ayer. Cabe decir que el compositor comenzó el concierto hablando de la tristeza provocada por aquella última y mítica Riviera, y desde entonces las referencias fueron periódicas, ya no solo a un nivel puramente musical, sino también discursivo. Así, todos los intermedios que precedían a cada uno de los temas estaban impregnados de cierta aflicción, a pesar del humor. Lo dijo el propio Enric durante la actuación: “la vida es bonita”, por lo que cabría preguntarse, entonces, por qué tanta tristeza en la composición: para el catalán, el duende sale del dolor. Y es por ello por lo que la noche del jueves asistimos a una completa obra maestra, con cenit al final de la misma: los bises a la entrada del teatro, a capella y, sobre todo, con mucha emoción por delante.

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Enric Montefusco en Teatro Lara

Solo cabe agradecer al ciclo SON Estrella Galicia que nos haya brindado la oportunidad de asistir al espectáculo, así como agradecer al propio Enric Montefusco que haya nacido con la vocación escrita en la frente.

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Redacción Madrid

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