El pasado fin de semana tuvo lugar en  Guadalajara la tercera edición del Festival Gigante

A pesar de la trayectoria y de la consecuente experiencia por parte de la organización, el evento no ha superado desperfectos de ediciones anteriores. Con un público cercano a los 15.000 asistentes, el festival mostró carencias en cuanto a limpieza de los baños (pues seguían sucios el sábado en la apertura de puertas) y en sistema de pago: el hecho de llevar una pulsera con la cual puedas pagar dentro del recinto evita las colas. No obstante, este año, ya sea por el mayor número de asistentes, por la falta de cajeros recargables o por la no devolución del dinero restante a través de Internet, las colas se han multiplicado, hasta tal punto que el sábado a última hora de la noche era imposible recoger el dinero sin esperar más de una hora.

Por lo demás, un buen sistema de reciclaje, pero una mejorable ejecución: de cobrar un euro extra por un vaso, lo razonable es la devolución del euro con la entrega del vaso en la barra o, de lo contrario, el público acabará tirándolo al suelo.

A pesar de la organización del evento, el Gigante ha contado este año con una variedad musical de enormes dimensiones, y una calidad mayor a la de ediciones anteriores. Gracias al nuevo escenario Supersubmarina, en homenaje a la banda, el número de actuaciones se ha multiplicado, lo que ha otorgado pluralidad al festival.

Viernes, 2 de septiembre

Kurt Baker fueron los encargados de abrir el recinto el viernes, si bien el plato fuerte de la noche llegó a las nueve y media, con la actuación de Zahara. La jienense actuó con la fuerza esperada, empezando con una de aquellas canciones que ya coreábamos en 2009: “Tú me llevas”. En general, un repertorio bastante equilibrado, a caballo entre los largos anteriores y “Santa”, hizo que disfrutaran tanto los antiguos admiradores como los nuevos. No obstante, el concierto de Zahara se solapaba con el de Pianet, gran sorpresa de la noche del viernes. Nauzet Hernández salió a escena acompañado de banda completa, presentando su nuevo álbum, “Watercolor”, con un toque de lo más parecido a James Vincent McMorrow o James Bay. El artista tejió un hilo con todo su repertorio folk durante una hora hasta que, llegado el momento, el público comenzó a pedir un bis. Dada la falta de un número abundante de temas, Pianet se vio obligado a repetir el single del disco, “Be Free”. Sin embargo, al público pareció no importarle, pues comenzó a vitorear los primeros arpegios del piano. Sin duda alguna, Pianet fue una de las pequeñas sorpresas que todo el mundo esperaba encontrarse durante el evento.

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Al acabar su actuación, Sidonie tomó el relevo, como sustitutos de Supersubmarina, a los cuales versionaron al final de su concierto junto a La Habitación Roja. “Viento de Cara” fue uno de los momentos más emocionantes de la noche del viernes. Sin embargo, el resto de la actuación de los catalanes vino marcada por una pésima acústica.

Tras Sidonie, La Gran Pegatina fue la encargada de mantener al público activo, y es que, tras la baja del grupo jienense, eran el plato fuerte de la jornada. Tal y como la Big Bang se merece, el público aplaudió desde sus rumbas a voz de Maribel “La Canija” hasta sus ritmos de ska más primitivos. Junto al reggae impulsado por Pipo Ti, se agolpaban las versiones más populares (desde ACDC hasta Raphael), lo que evidenciaba la multiculturalidad de la banda. El momento que más emocionó fue aquel “Alosque” inesperado a voz de La Canija, de raíces flamencas.

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Sucedió a la banda en el escenario principal La maravillosa orquesta del alcohol. La banda contó con fallos en el equipo de sonido, pues la mandolina y el banjo apenas se escuchaban, si bien no supuso mayor complicación para el recorrido del mismo. Empezando con uno de sus antiguos temas en lengua inglesa, la mayor parte del concierto se desarrolló sobre “La Primavera del Invierno”, su último largo.

Sábado, 3 de septiembre

Morgan fueron los encargados de abrir el escenario Supersubmarina el sábado. Desde que la madrileña debutó con “Charo” en el nuevo álbum de Quique González, su nombre ha sido una constante en las webs. Y no es para menos, pues sin duda es la revelación que estábamos esperando. Con uno de los directos más potentes del festival y una de las voces más personales, Carolina de Juan, líder de Morgan, conquistó al festival Gigante con su pop tintado de soul.

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Tras Morgan, Aurora & The Betrayers heredaron el escenario secundario, con un soul bastante más pronunciado que el de Carolina. En este sentido, hay que agradecer a la organización del festival el dinamismo de la tercera edición, no centrada tan solo en la música pop e independiente, sino más orientado hacia los diversos orígenes de la música occidental.

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A pesar del virtuosismo de tales bandas, el recinto comenzó a llenarse con la actuación de Miss Caffeína. El grupo vino a presentar si nuevo disco, “Detroit”, más encarrilado hacia un estilo más pop, lo cual se reflejó en su directo. Si bien no dejaron de lado su trayectoria anterior (dieron el pistoletazo de salida con “Venimos”), la energía con la que se defendían era muy diferente, basada en una mayor distorsión, unas segundas voces más predecibles y unos motivos más comerciales.

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Quique González soportaba el cartel en la jornada del sábado. Acompañado de Los Detectives y de Morgan durante todo el concierto, salió a escena con el clásico “Kamikazes enamorados”, para pasar a tocar la mayor parte de temas de “Me mata si me necesitas”, como ya intuíamos con el cartel que rezaba “Asturiana de zinc” colgado de una farola. Mas no solo el atrezo era digno de admiración, pues el cantautor gozó con el directo más limpio del evento, tanto en su guitarra acompañante como en la instrumentación de Los Detectives: Eduardo Ortega roza la perfección con el violín y la mandolina, de tal modo que parecía absorto en una composición orquestal. Con “Vidas Cruzadas” la formación se despidió, sumergiendo el festival en una atmósfera de melancolía que solo pudimos olvidar con Amaral.

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El festival sucumbió ante Eva como si de una Florence Welch española se tratara. Dado que la media de edad del público oscilaba entre los veinte y los treinta años de edad, puedo imaginar que la mayor parte de asistentes podrían llegar a sentir emociones similares: es parecido a que nuestros padres asistan a un concierto de Neil Sedaka, Sabina o Los Brincos. La nostalgia te inunda al ver a la banda que te ha criado a ti y a toda tu clase de primaria, de tal modo que acudes como regalo al niño que creció con ellos. Puede que Amaral conozca el papel que juega, pues pese a presentar “Nocturnal” con una escenografía basada en constelaciones, el público se revolucionó más al escuchar los temas clásicos, que fueron aproximadamente la mitad. Sin embargo, Amaral no se reitera lo más mínimo pese a la cantidad de años de trayectoria: adolece del megáfono revolucionario con el que se identificaba en tiempos pasados, y añade armonizaciones a los temas antiguos, como, por ejemplo, la inclusión del theremín en “Estrella de Mar”.

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De este modo, los oriundos de Zaragoza demuestran que son uno de los escasos grupos de considerable edad que no recae en la zona de confort, el conformismo o la fórmula desgastada de los directos anteriores. Esperemos que el Festival Gigante pueda adoptar la misma filosofía en ediciones posteriores.

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Redacción Madrid

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