Quique González ofreció su mejor rock&roll, con temas del último trabajo ‘Delantera Mítica’, sin olvidar los más conocidos de toda su trayectoria musical. Invitó a cantar y a dejar escapar sensaciones y sentimientos.

Ni estábamos en la ciudad del viento, ni en Conil de la Frontera, aunque en estas tierras rara vez es primavera. Nos paseamos por casi toda la geografía española y parte del extranjero agarrados a las cuerdas vocales de un grande, Quique González. En Valladolid derrochó. Vaya si lo hizo. Traía su ‘Delantera Mítica’ y la luna debajo del brazo y cómo  no, ofreció lo mejor de él. Con banda suena genial, pero no quiso olvidar esos momentos de Quique, su guitarra, su armónica y su público; su público y Quique y en esos momentos la magia ya se hizo más que patente. Recorrimos varios hoteles, como Los Ángeles, donde nos recibieron los conserjes de noche y allí, con whisky on the rocks, como diría Sabina, pasamos la noche dibujando siluetas que se movían al ritmo que marcaba Enrique González, temblando, como si fuera nuestra primera vez. La cita, exactamente un año después de su última visita a la capital castellana.

El repertorio que ofreció sentó como una buena cerveza fría, a momentos. En otros, te recuerda la máxima de que no queda más que fracasar para llegar al éxito, que perder es lo normal, pero que siempre nos quedará  una escapatoria, una autopista y sus temas como banda sonora mientras se gritan los triunfos y las derrotas. Algunos temas, los más sentimentales, invitaban a las parejas adolescentes a disfrutar del pleno apogeo de la primavera, derrochando besos, como si se les fuera la vida en ello. Lo cierto es que, después de tal recital, en el que repasó todos los temas de su ‘Delantera Mítica’, se hace complicado resumir con palabras el show que ofreció. No olvidó recordar que “las chicas son maravillosas”. Él y su banda, también.

Pero dentro de todo el público, los protagonistas para quien escribe –con permiso del hilo conductor de este texto- fueron dos niños, de apenas ocho años. Imagino cómo debió ser disfrutar de los sonidos de Quique, cantar sus letras, a hombros de su padre. Curiosos, como todos los pequeños, no podían evitar estirar al máximo el cuello para disfrutar del rock&roll que destilaba el señor González. Pero la niñez, a veces, puede más que la melomanía y, a tres canciones de terminar, cuando se repasaban los temas más conocidos de su discografía, decidieron que ‘Salitre’ era una sintonía perfecta con la que conciliar el sueño en el costado de su padre. Nos marchamos a refrescar la garganta a otra parte, pero como si fuéramos a largarnos y no quisiéramos.

Foto: Dafne Calvo

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Sobre El Autor

Redacción Pamplona

Periodista de datos. Feminista. Aquí solo hablo de música y su relación con los movimientos sociales, el feminismo y más.

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