El festival Low Cost 2013 bate récords en su quinta edición. Más de 75.000 personas acudieron a esta cita musical en Benidorm.

Esta típica ciudad de vacaciones no solo  hace las delicias de los guiris. Más allá de la tierra prometida de los jubilados del IMSERSO, existen actividades y eventos que plagan la costa del levante con música, jóvenes y ganas de pasarlo bien.

Bienvenidos a la burbuja musical que se instaló en el polideportivo Guillermo Amor para hacernos disfrutar de grandes actuaciones y épicos momentos.

SÁBADO

Miss caffeina

Llegamos corriendo, para variar, pero justo a tiempo para disfrutar de algunos de sus temazos como Hielo T o Disfraces. Justo a tiempo para ver cómo las gotas de sudor recorrían el cuerpo de los músicos, en especial de Alberto, que era un culo inquieto moviéndose por el escenario y contagiándonos con su energía.

Una manera excelente de comenzar este sábado festivalero que venía cargado de grandes momentos.

Delafé y las flores azules

Un éxtasis de “buen rollismo”.

Era la primera vez que veía a este grupo en directo y me encantaron. La mezcla de rap en boca de Óscar con la dulzura de los coros y estribillos de Helena consiguieron crear la combinación ideal. Este antagonismo de estilos en perfecta simbiosis fue una delicia en directo. La idea de fusionar la palabra recitada con una melodía pegadiza en forma de estribillo es muy acertada. Conquista al público por la facilidad con la que contagia el ritmo, pero no tiene nada que ver con el hit facilón de cada verano. Es un estilo diferente  y cautivador.

Con una camisa roja, que a cada minuto que pasaba se impregnaba más del sudor, y el cuerpo supurando ritmo a borbotones, Óscar consiguió inocularnos su buena energía y sus ganas de bailar. Pero Helena no se quedaba atrás. Con su particular y cálida voz aguda matizaba la voz de Óscar transformando la posible monotonía en melodía.

Imagen por Guillermo Galisteo, cedida  Low Cost

Delafé-Guillermo Galisteo, imagen cedida por Low Cost

Un torbellino sin pausas y con prisas, pero con gracia. No tenías ni un solo momento durante el concierto para desconectar de ese estado mágico en el que todo te da igual y solo sigues el ritmo de la música. Enlazaban una canción con otra como una historia sin capítulos pero con un fácil hilo argumental. Eso sí, no se olvidaron de hacer al público participar y Delafé, que como el declara, cree ser un dios, nos hizo cantar su nombre cada vez que fingían un musical estornudo. Ah, y si había un momento para descansar, ya se encargaban de ponerse a tocar la batería o el teclado. Creo que su lema debe ser: ¡que el ritmo no pare! o algo así.

Nosotros, ciudadanos de un lugar llamado mundo, nos trasladamos a la primavera, viajamos en el tiempo a 1984 y lo mejor de todo, reímos por no llorar. Porque bailando hasta el espíritu santo se pone blando. Ya lo cantan ellos. Y oye, con sus temas el ritmo parece fluir de manera fácil y hasta puedes llegar a creerte que bailas bien sin que vayas bebido. Como ya os había advertido antes: efectos secundarios del “buenrollismo”.

Belle and Sebastian

Y literalmente corriendo del concierto de Delafé y las flores azules fui al de Belle and Sebastian. Eso sí, me tocó verlos desde lejos porque en esta ocasión se solapaban un poco los conciertos.

Instrumentos de cuerdas y simpático cantante. Esporádicas flautas dulces y una voz femenina con sabor a miel, a una dulzura que no empalaga. Estos fueron, entre otros ingredientes, los encargados de regalarnos un bello concierto. Míticos temas como “I’m a Cucko” o “I want the world to stop” o  “Another Sunny Day” sonaron en el escenario Budweiser.

Y para colmo de bondades Stuart Murdoch dio un toque de simpatía al concierto practicando sus nociones de español y dejando que varios fans subieran al escenario a bailar con ellos.

Una sinergia musical en toda regla.

Portishead

Entre idas y venidas, entre cubatas y hamburguesas y encontrar a tus amigas, me perdí la mayor parte de este concierto. Hubo opiniones para todos los gustos. Hubo gente que no conectó con la música de este mítico grupo y esperaban ansiosos por ver a Mendetz. Hubo otros asistentes que se dejaron llevar por el intimismo de la noche y fluyeron con los ritmos más pausados de este grupo de Beth Gibson.

Imagen por Amado Lindo, cedida por Low Cost

Imagen por Amado Lindo, cedida por Low Cost

El sabor a jazz mezclado con una potente comunicación audiovisual y con la fuerza del directo fue un regalo para el paladar de los melómanos. Disfruté particularmente la conocida Roads y sus melancólicos sonidos.

Es cierto que el estilo del grupo puede llevarte a la depresión, más aún a esas horas de la noche. Pero eso no les resta calidad musical ni valor a su sobresaliente puesta en escena.

Destellos de elegancia en canciones de delicada tristeza.

Dorian

Y de los sonidos derretidos de Portishead a los latidos electrónicos de Dorian. De lo internacional al producto nacional.

Presentaron temas de su último disco “La velocidad del vacío”. Sin embargo, no faltaron a la cita míticas canciones como La Mañana Herida o Paraísos Artificiales. Y, por supuesto, los “lowers” también pudimos disfrutar de la conocida canción La Tormenta de Arena, la cual formó parte de la banda sonora de A tres metros sobre el cielo.

Nos llevaron a cualquier otra parte entre claroscuros melódicos y destellos sinfónicos. Su intención de combinar la tradición del pop con la música electrónica sentó de maravilla a esas horas.

Especiales, espaciales, nos sumergimos con ellos en tormentas en espiral con la ligereza y el flow de sus bases electrónicas. Una especie de velocidad anestesiada en la tormenta del miedo y el olvido.

DOMINGO

Zahara

Entre mariposas y canciones que se escriben cuando pierdes un avión. Entre viejos y nuevos temas. Entre recuerdos y anhelos. Zahara compartió con su público varias de sus canciones más movidas.

Sus fans no escucharon las mismas canciones que Zahara venía tocando en su gira con la banda de Liverpool. Decidió introducir algún tema antiguo con el que consiguió el aplauso y la implicación del público. Hicimos los coros de “Cómo pudo suceder” y acabamos preguntándonos esta cuestión.

Dominó el escenario en todo momento dejando a un lado el intimismo de los conciertos en salas. Enfundada en un body naranja, derrochó simpatía y naturalidad al hacerse cómplice de los más motivados del público. Algunos la gritaban “rabo, rabísimo” y ella no dudó en destacar esta ingeniosa forma de vitorearla.

Imagen por Amado Lindor, cedida por Low Cost

Imagen por Amado Lindor, cedida por Low Cost

Y sí. Hubo el esperado dúo con Santi Balmes. Un caramelo que se derritió demasiado rápido en la Lucha de gigantes. Una breve aparición a la mitad del concierto que sació nuestras ganas de verlos tocando juntos. Faltó un domingo astromántico en el concierto de Love of lesbian a cambio. Pero a las 0:00 cayó la luna de la noche eterna para dejar paso al lunes.

Glasvegas

Si tuviera que resumir su concierto en una frase sería esta: La elegancia del erizo en clave de rock, la elegancia de erizarnos la piel y el sudor.

He de confesar que no conocía del todo la discografía de este grupo. Pero me sorprendieron gratamente. La comunicación audiovisual que se gastan me hizo entrar en comunión con su música más fácilmente. Sencilla y elegante, como ellos.

Atómicos, sutiles e intensos. Con una batería palpitante y un vocalista aplicando sus lecciones de español, nos hicieron disfrutar de un maravilloso concierto, de un mejor espectáculo que inauguró la velada.

La luna había hecho aparición en escena para dar paso a los amantes lesbianos.

Love of lesbian

Las camisetas con estampados de 1999 o del club de fans de John Boyn abarrotaron el escenario Budweiser. Pero los hubo más originales que vestían capas rojas de Superman con un ME AMO hilvanado en letras blancas.

Era domingo y Love of lesbian no era una de las cabezas de cartel como había sido Portishead. Pero no importó. Una plaga de fans había acudido en tropel para disfruta de la única actuación que este grupo dará en festivales de verano, con permiso del DCODE.

La noche comenzó siendo eterna. Hubo mención especial a eso seres únicos que acudieron a ayudar a las víctimas del accidente de Santiago. Hubo palabras de apoyo y esperanza para todas aquellas personas que atraviesan una mala situación a causa de la crisis económica. Rotundos, cantaron que Sí saldremos de esta. Y lo cierto es que con miles de personas a tu lado coreando y afirmando esta frase, acabas por creértelo. Es el poder de compartir así la música.

Y tengo que seguir poniéndome tierna. Perdónenme los alérgicos al sentimentalismo. Pero es que en pleno Wio, uno de los últimos románticos del siglo XXI le pidió matrimonio a su novia. Justo 30 segundos después, Santi Balmes cantó “alguien en una terraza ha gritado te amo”. Yo con situaciones así no puedo reformarme.

Y la noche dejó de ser eterna durante algunos temas para viajar al pasado. Regresamos a ese 1999. Volvimos entrar en ese taxi con la voz de Santi Balmes. Volvimos al lugar donde solíamos gritar.

Supieron hilvanar las historias, cantar y contar las canciones. Porque dar un buen concierto, a veces, transgrede la aptitud musical. Es cuestión de saber conectar y comunicarse con la gente. Es cuestión de actitud.

No cabe duda de que esta les sobra. Entre bromas de ascensores, contoneos  al ritmo de un charleston y el subidón de autoestima en bocanadas de copla conquistaron a los lowers. Club de fans de John Boyne y Me amo merecían los cartelitos de Pedazo temazo.

Y la cosa no quedó ahí. Después de vestir la diadema fucsia fluorescente brillante de ratoncita, Santi Balmes se quitó la camiseta. Pim, pam, pum. Las hormonas de algunas fans se dispararon. Pero no.  Santi sigue siendo cantante y no streaper. Lo que pasa es que dar un concierto tan intenso durante dos horas tiene sus consecuencias. Así que se volvió a colocar otra camiseta.

La noche se desnudó. Se desnudaron los sentimientos y las emociones. Se desnudaron las canciones y los disfraces. Se desnudó el miedo y la apatía. Las farolas se quedaron desconcertadas ante una luna en cuarto menguante.

En definitiva, fue un reencuentro inesperado en noche azul.

Solo me faltó ser yo la afortunada que subió al escenario en Toros en la Wi. Mira que me sale bien el arroz con cosas, pero no debo ser la única. En verdad, no estuve en las primeras filas así que Santi no se pudo fijar en mí. No sé si alegrarme de haber visto el concierto de lejos y no haber tenido mi momento de estrella de indie rock. Igual si me hubiese subido, esta crónica olería a colonia de rosas y pastel de fresa de lo motivada que habría vuelto del Low Cost.

Fangoria

Ambiente profano en esta madrugada de fin de fiesta de la mano de Fangoria.

Los organizadores del Low Cost estuvieron muy acertados en su decisión de dejar que Fangoria pusiera el broche de oro al festival. Con su estilo gótico y ancestral, con esos aires de vodevil y esa peculiar puesta en escena, Nacho Camut y Alaska, consiguieron desterrar los dramas para dar paso a sus comedias entretenidas.

Imagen de Ángel Rosique .cedida por Low Cost

Imagen de Ángel Rosique .cedida por Low Cost

Son la prueba de que es posible reinventarse. Combinaron las coreografías vampiresas de sus atractivos bailarines, con unas luces en cuatricromía. Combinaron sus temas más recientes con los míticos Bailando o Ni tu ni nadie. Tintineos eclécticos en dosis de pop, rock y música electrónica.

Y cuando las luces parecieron apagarse, llegaron dos Nancys rubias para dejarnos con el cuerpo encendido y ganas de seguir de fiesta con los djs.

Versionando el tema de Icona pop y con unas ganas tremendas de quitarse la camiseta, Mario Vaquerizo culminó el concierto junto a su esposa haciendo gala de su capacidad para dar el espectáculo. ¿Qué sería de la vida sin un poco de teatro?

Y me despido hasta el próximo festival o concierto no sin antes destacar la buena organización que percibí en Low Cost.

Según publican en su página web batieron el récord de asistencia en esta V edición. 75.000 personas asistieron este año, 15.000 más que en el 2012.

Apostaron por potenciar las nuevas tecnologías y por crear un festival sostenible. Por ejemplo, tenías que pagar un vaso “lower” cada vez que pedías la bebida, pero este era perfectamente reutilizable. Para que no lo perdieras te daban una pulserita con la que poder enganchártelo al festival. Son pequeños detalles que marcan la diferencia

Además hubo varias actividades en paralelo: podías customizar tu propia camiseta, participar en sorteos, visitar el mercadillo de ropa o convertirte en estrella de rock por un día.

Eso sí, para la próxima deberían cuidar muchísimo más el mantenimiento de los baños. Sinceramente el hecho de hacer tus necesidades mientras contienes la respiración o la aventura de saltar charcos de a saber qué clase de sustancias, no es plato de buen gusto. Parece que como esto es ya la tradicional hazaña de todos los festivales, no pasa nada y que la gente siga tragando. Las cosas no son así. En mi opinión, merece la pena subrayar tanto lo bueno como lo malo.

Y para finalizar, me queda felicitar a los excelentes community managers por su atención personalizada y dinámica. La cercanía, una posible clave de la era 2.0.

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