Ocean Colour Scene brilló menos de lo que se esperaba en el Escenario Santander. Problemas técnicos y probablemente el lastre de una larga gira mermaron las ganas de los británicos que ofrecieron un concierto irreprochable en cuanto a repertorio y ejecución, exceptuando los mencionados contratiempos, pero que arrancó y finalizó de manera fría y un tanto aséptica.

Vayamos al principio. El festival El Gordo empezó con Band Dessiné, un grupo santanderino surgido de las cenizas de Bloody Parrados y Three Dimension Comics y que han compartido escenario con The Charlatans, Micah P. Hinson o Vetusta Morla, entre otros. Les tocó la ardua tarea de calentar motores en un recinto que tardó en presentar un aspecto lleno, sin llegarse a atestar.

Stay en Escenario Santander. / Julia VicenteLos siguientes en subirse fueron Stay, los barceloneses reyes del indie sixtie y la psicodelia que ofrecieron un concierto sin tacha, destacando por su sonido compacto, un percusionista que no dejó de bailar en todo momento y su inesperada aparición al sitar que llenó de magia el perímetro. Presentaron al público su disco ‘The fourth dimension‘, su cuarto álbum de estudio. Han teloneado a Beady Eye y el parecido de Jordi Bel a la voz con Liam Gallagher es más que razonable. Se marcaron una versión de ‘If I needed someone’ de The Beatles que dejó muy buen sabor de boca. Muy recomendables.

A las 22.50 horas comenzaba el plato fuerte de la noche. Ocean Colour Scene hacían parada en Santander en una extensísima gira que sólo en España ya les había llevado por Zaragoza, San Sebastián, Santiago, Guadalajara, Madrid y Barcelona. La capital cántabra era la penúltima escala (hoy sábado es el turno de León). El aforo, no repleto pero aceptable y donde no faltaron seguidores de otros lugares cercanos como Euskadi o Asturias.

Empezaron con ‘Painting’ al igual que hicieran en La Riviera. Siguieron ‘So low’, ‘Second hand car’, ‘Weekend’, ‘Give me a letter’, ‘Doodle book’, ‘Emily Chambers’, ‘Jane she got excavated’ y primer momento álgido de la noche, ‘The riberboat song‘. Hasta entonces, el grupo había actuado con cierta distancia en una consecución de canciones sin interacción alguna con el público salvo un escueto saludo en español. ‘Profit en peace’ siguió la estela de su predecesora y consiguió arrancar la esperada retroalimentación con sus seguidores.

Sonaron otras nuevas canciones como ‘Goodbye old town’. Hasta que empezaron los problemas. Simon Fowler pidió cinco minutos al respetable mientras arreglaban un problema con el bajo y el grupo aprovechó para tomarse un descanso. Pero los percances no se habían terminado. Tras interpretar una canción más se evidenciaba que el bache seguía allí y un  equipo completo de técnicos trataron de dar con el fallo mientras el segundo parón de la noche presagiaba que aquello no iba a ser fácil de superar. Al volver a salir a escena, lo hicieron con un regalo para los oídos. Buena decisión, porque tras la obligada espera los ánimos habían vuelto a entibiarse. ‘Travellers tune‘ fue la opción más acertada. Una canción que brilla por sí sola. ‘Hundred mile high city‘ fue otra de las joyas de la corona.

Cuando Fowler se quedó solo para cantar ‘Robin Hood’ faltaba la magia. El frío hacía mella en todos. ‘It’s my shadow’ y sobre todo ‘The day we caught the train‘, con reminiscencias al ‘I’m the walrus’ de Lennon, estaban de capa caída pese a la grandeza de ambas canciones. Se suponía que eran los bises y terminaron siendo un triste final para un concierto que debió de ser mucho más. Una lánguida despedida para un Ocean Colour Scene lastrado por problemas técnicos pero también por un aparente cansancio. Lástima.

Sobre El Autor

Redacción Asturias

Periodista y melómana. Crecí con la música y no he parado nunca de aprender de nuevos sonidos y sensaciones. Amante también de las palabras, todo junto hace la canción perfecta.

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